lunes, 16 de mayo de 2011

Metidas de pata

Lo que tiene no ver un carajo es que en ocasiones ocurre que metes la pata hasta el fondo, hasta el punto que deseas que te trague la tierra y no volver a aparecer. A continuación os voy a contar alguna de mis metidas de pata más significativas.

Empezaré por la metida de pata de la semana pasada. En este momento, la calle de mi facultad está en obras, por lo que llegar hasta ahí es un caos. Pues bien, cuando me faltaba poco para llegar, se me acerca un hombre y me dice:
-Espera, te voy a acompañar, no sea que te metas una leche así como está la calle”.
-Gracias –le dije yo, y me agarré a su brazo.
-No tardarán nada en terminar las obras –me dice el buen hombre-.
-Pues a ver si terminan ya, porque están dando demasiado la lata –respondo inocentemente-.
-Sí, -dice él-, pero cuando las obras acaben a nosotros nos echan al paro.
“¡Ay Dios”! Pensé yo en ese momento. Efectivamente, se trataba de uno de los trabajadores de la obra, que había dejado todo lo que estaba haciendo en ese instante para ayudarme y así evitar que me dejara los dientes en cualquier hueco de todo aquel follón. ¡Y yo le había dicho en su propia cara que ojalá pronto le quitaran el trabajo! Sólo acerté a pedirle disculpas, mientras me iba poniendo de todos los colores.

Otro día, antes de entrar a clase, fui a comer a un bar que hay cerca de la universidad y al que voy con frecuencia. En eso que entro, y veo que el ambiente es muy extraño. Viene hacia mí una señora, se acerca y me dice: “Ven por aquí, siéntate”. Así lo hice, y me voy dando cuenta de que todo está muy silencioso, y de que la mesa que tenía delante estaba llena de papeles.
-Pero... ¿tenéis abierto? –le digo yo ya bastante extrañada.
-¿Pero tú dónde vas? –me dice la mujer, notando también que algo raro ocurría-.
-¿Esto qué es? –le pregunto.
Y la tía me dice:
-Esto es una relojería. Tú vas al bar, ¿verdad?

Lo que me había pasado es que me había metido por error en el establecimiento de al lado. Menos mal que me di cuenta a tiempo y no le pedí a la mujer una cocacola, porque si no ya sí que me muero de la vergüenza, jajajaja.

Y otra de las veces que metí la pata fue cuando era pequeñita, debía tener yo unos ocho años, pero me acuerdo porque fue bastante sonada. Y es que un día estaba con mi madre en el super. El caso es que por el motivo que fuera ella me soltó la mano y la perdí por un momento. Al ratito, buscándola, me avalancé corriendo a quien supuestamente era mi madre, pero resultó que la mujer a la que me había agarrado no era mi madre, sino una mujer ya de cierta edad. Nunca olvidaré aquel momento en que mi madre vino rápidamente hacia mí y me dijo: “¡Carmeeeeeeen, qué haceeees!”.

Son muchas las veces que he querido que me tragara la tierra por estos motivos, ¡y las que me quedan! Un besito a todos, hasta una próxima entrada.

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